Cuando un cliente se enamora de una escort...

Viernes, 20 de Noviembre de 2020

Tarde o temprano te acabas encontrando a alguno. Basta con que lleves unos años en el oficio para que algún día alguno se te encoñe y se te presente con el cuento de que se ha enamorado de ti y de que te quiere sacar de puta.

A mí me lo habían advertido cuando me metí en esto.

Ten cuidado, Laurita -me dijo la señora Ángela, que era la que llevaba la agencia de escorts en la que empecé a trabajar cuando llegué a Barcelona-. Los hombres son así. Al principio mucha palabrita y mucha promesa pero después ná de ná. El más bueno ni te deja respirar, siempre pendiente de lo que haces porque, claro, no puede olvidar dónde te conoció ni puede olvidar lo que eras. Y el más malo... De ése mejor no hablar. A la mínima consigue que te pongas a trabajar para él. ¡Bonita forma ésa de sacarte de puta!

Siempre he tenido presentes las palabras de la señora Ángela. Bueno, casi siempre. Una vez las olvidé y maldita la hora en la que lo hice. Ricardo era moreno de piel, alto, no demasiado corpulento pero sí fibroso, con el cabello negro, espeso y rizado y unos ojos que, aunque de apariencia tímida, eran puro fuego.

La primera vez que follamos me sentí muy halagada. Por mi experiencia profesional puedo asegurar que eran ya muchos los hombres que habían pasado por mi cama, pero ninguno había mostrado desearme tanto como aquel cliente que, según me contó después, me había seleccionado entre todas las otras chicas de la página en la que entonces me anunciaba porque me parecía mucho, pero que mucho, mucho, a la que había sido su amor de adolescencia.

De aquella chica, Ricardo no consiguió ni tan siquiera un mal revolcón, un magreo, uno de esos besos tontos que se dan en la adolescencia... Tan solo consiguió, así me lo contó, tener un motivo para emborracharse de tanto en tanto con la inexperiencia de la edad y para matarse a pajas.

Cuando me vio anunciada en GirlsBCN, supo que tenía que citarse conmigo. Aquella podía ser una buena manera de quitarse aquella espinita. Yo iba a hacer que, en cierta medida, sus sueños del pasado se hicieran realidad.

Quedamos en un apartamento por horas del centro de la ciudad en el que yo solía citarme con mis clientes. En aquella época solo hacía salidas y aún no me había decidido a convertir mi piso en un acogedor y sensual apartamento en el que quedar con ellos. Me daba no sé qué ganarme la vida follando en la misma cama en la que después tenía que dormir. El caso es que con Ricardo quedé en aquellos céntricos y muy apañaditos apartamentos por horas.

Cuando llegó vi que no iba a ser un cliente más. Hay un sexto sentido que te avisa de eso. El mío, por eso, solo funcionó a medias. Intuí que con aquel cliente, a poco que me lo currara, iba a repetir, pero no adiviné todos los problemas que se iban a derivar de esas repeticiones.

Citas con escort

Ricardo se reveló como un cliente atento, educado y, además, como un más que notable follador. No es que su polla fuera una de esas pollas de catálogo, no. No era demasiado grande. Tampoco era gruesa. Estaba en la justa medida. No era uno de esos cipotes que, cuando los ves, te ponen en estado de alerta, pero tampoco una de esas pichas que, ciertamente, y aunque a veces digamos a los hombres eso de que el tamaño no importa, dan casi risa. Era una polla intermedia, pero Ricardo, eso hay que reconocérselo, la sabía usar bien. Tenía aguante, el cabrón. Eso, y que, como he dicho antes, estaba bastante bueno, hizo que me corriera en aquella primera cita.

Porque sí: las prostitutas también nos corremos con nuestros clientes. No siempre, claro, pero de vez en cuando sí. Y, claro, lo agradecemos. Doble placer con el mismo polvo: ver los angelitos y meterse unos cuantos euritos para el bolsillo. ¿Quién puede pedir más?

El caso es que, en aquella primera cita, Ricardo y yo quedamos en tablas o, lo que es lo mismo: nos follamos bien follados el uno al otro. En aquella batalla de cuerpos desnudos no hubo vencedor ni hubo vencido. Me gustó la apasionada forma de mirarme de Ricardo, el modo en que sus manos se paseaban por mi cuerpo, las pausadas y tranquillas embestidas al follarme y el que renunciara a hacer uso del griego, a pesar de que éste figuraba entre mis servicios.

Hay clientes que parecen llevarlo escrito en la frente: "vengo a follarte el culo". Entiendo que el sexo anal les ponga cachondos pero, tanta, tanta obsesión con eso de joder pompis, no sé. A veces me pregunto si puestos a follar, les daría lo mismo o no el empotrarse el culo de un tío. El agujero, al fin y al cabo, es igual que el de una mujer.

Yo incluyo el griego entre mis servicios sexuales por necesidades estrictamente profesionales. Sé que se consiguen más clientes si te dejas petar el bullate que si mantienes esa puerta cerrada. Por eso lo hago, aunque si he de ser sincera, tengo que reconocer que no me gusta hacerlo. Pocas veces he conseguido placer por ahí. Por eso valoré positivamente que Ricardo lo obviara en nuestra cita. Sí le gustó, por el contrario, que lo cabalgara bien cabalgado. Quería ver mi cara mientras follábamos, me dijo. Eso también me hizo sentir halagada. Aún no sabía que, al follar conmigo, le gustaba mirar mi cara para creerse con mayor facilidad que se estaba follando a su vieja amiga del instituto.

Dejar de ser puta por un cliente

Aquella fue la primera de muchas citas. Al principio, Ricardo me llamaba cada quince días. Después, el ritmo de sus llamadas empezó a hacerse semanal. Me sorprendí a mí misma esperando su llamada. Ahí deberían haber saltado mis alarmas. Pero no lo hicieron. Ricardo, al fin y al cabo, era lo que se dice un cliente ejemplar. Era limpio y educado, venía, pagaba y, para más inri, me hacía gozar como una perra. Nos conjuntábamos bien en la cama. Incluso el sexo anal, que al final llegó, era placentero con él. Me lubricaba bien y me la metía con muchísimo cuidado. Una vez enculada, sus movimientos eran muy suaves, casi como una caricia.

¿Quién va a desconfiar de un cliente así? Por eso acepté quedar con él para ir al cine y cenar perdonándole la tarifa que suelo cobrar por esas cosas. El polvo no lo perdoné. Pero no lo perdoné ese día. La segunda vez que quedamos para cenar fuimos a su casa y allí, sí, le regalé el polvo. Mejor dicho: los polvos de los que disfrutamos aquella noche. Me di cuenta de que me había enamorado de él cuando me sentí lamiendo su semen y tragándome su corrida.

Debería haber puesto en aquel momento tierra de por medio. Pero no lo hice. El "podríamos intentarlo" no tardó en llegar. Y con ese "podríamos intentarlo", frases del estilo de:

Yo gano bastante para vivir los dos y si no, con calma, sin prisas, buscas otro trabajo que no tenga que ver con esto.
Cuando te dejo y pienso que después le vas a dar a otro lo que me has dado a mí me muero de celos.
Si el destino nos ha juntado es por algo.

Y caí en la trampa. Llamé a la página y pedí que desactivaran mi anuncio. "Me retiro", les dije. Me felicitaron y me desearon buena suerte. Me informaron de que me guardaban el anuncio por si me arrepentía y volvía a querer anunciarme. Debería haberme sonado a aviso. Debería haber sentido tras aquel ofrecimiento la voz de la experiencia. No lo hice. Estaba ilusionada, enamorada, empollada... llámalo como quieras.

Me fui a vivir a su piso. Follábamos como leones y lo pasábamos bien, pero no tardé en darme cuenta de que me había equivocado. Para empezar, yo ya no ganaba mi dinero. No podía salir, como antes, con mi tarjeta de crédito, a hacer que los datáfonos de las tiendas de moda del centro echaran humo. Por no poder, no podía ni ponerme según qué ropa que me ponía antes. "Vas demasiado escotada". "Esa falda es muy corta". "Tampoco hace falta que te pintes tanto, ahora ya no tienes que conquistar a nadie". Ya no era una mujer libre. Sentía la adoración de Ricardo pero esa adoración se convirtió en una cárcel para mí.

Escort enamorada de cliente

Al mes y medio estaba hasta el coño de su control, de sus celos, de que se mostrara siempre ante mí como una especie de salvador que me había sacado de la mala vida. Si hubiese sido un poco menos educado me habría echado en cara, directamente, que me había sacado "del arroyo". No lo hizo con palabras, pero lo hacía con cada uno de sus gestos. Parecía que le debía la vida.

Por eso corté por lo sano. Recordé las palabras de la señora Ángela y tomé la decisión de acabar con nuestra insana relación. Y volví al oficio, claro. Me gusta ser escort. Me gusta ganarme mi dinero como acompañante sexual. Y se lo expliqué como buenamente pude.

Ser puta -le dije- no tiene por qué ser siempre un castigo. A mí me gusta ser escort. A mí me gusta ganarme la vida así y no depender del sueldo de ningún tío. Tampoco me gusta estar ocho horas de cajera en un súper para llevarme un salario de mierda a casa. Con cinco polvos me gano lo que gana una pobre cajera, ¿me entiendes? Y ni tú ni nadie que me haga ojitos me va a sacar de eso.

Tuve suerte. Ricardo no fue un tío obsesivo. No estaba más tarado de lo que lo estamos todos y todas. Se resignó. Me preguntó si podía seguir acudiendo a mí como cliente. Le dije que mejor que no. "¿No crees que sería extraño seguir follando el uno con el otro, pero otra vez con dinero de por medio?", le pregunté. Me reconoció que sí, que sería un poco extraño. Echamos un último polvo de despedida (¡con qué desespero me folló y le follé!), vertí unas cuantas lágrimas y nos despedimos. No he vuelto a verle. Otras compañeras no tienen tanta suerte. Por eso, a las que llegan nuevas, yo siempre les digo lo que la señora Ángela me dijo a mí:

Que no te engatusen, chica. Nosotras somos putas y nos gusta serlo, que no traten de cambiarte... A no ser, claro está, que el amor te haga cambiar.
Enamorarse de una escort