Experiencia de una escort con el Strap-on

Viernes, 23 de Octubre de 2020

Me habían hablado de hombres así, pero nunca me había cruzado con ninguno. Cuando me llamó por teléfono, me pidió una cita y me dijo exactamente qué esperaba de mí como escort, me quedé un poco parada. No sabía del todo si me apetecía jugar a aquel juego o no. El strap-on no estaba detallado entre mis servicios pero él decía que le apetecía mucho probarlo conmigo. Que le recordaba a una maestra que había tenido cuando era niño y que eso le ponía mucho.

Si me metí a chica de compañía fue porque siempre he sido (o así me considero al menos) una mujer de mentalidad abierta. Y una fanática del sexo, claro. Me encanta follar y... ¿qué mejor manera de ganarse la vida que haciendo lo que a una más le gusta? Si nunca había probado eso de encasquetarme un arnés para follarme a un tío por el culo, ¿por qué no probarlo? Si no me gustaba la experiencia, con no repetirla sanseacabó.

Tampoco en mis inicios como escort me desplazaba a los domicilios de los clientes y ahora sí lo hago. Lo que al principio era temor ahora se ha convertido en una leve inquietud y en una malsana curiosidad femenina. Andrés, pues así se llama el cliente de esta experiencia que estoy contando, me pidió si podía ir a su apartamento. Le dije que sí sin pensármelo demasiado.

El apartamento de Andrés estaba en un lugar céntrico de la ciudad. A veces me da reparos desplazarme a según qué barrios pero ¿cómo decir que no cuando lo que te piden es acudir a un piso ubicado en una calle en la que el metro cuadrado cuesta varios miles de euros? Tanto si era su piso como si estaba en él de alquiler, lo que podía deducirse es que Andrés estaba bien colocado. Cualquiera no vive en una calle así. En definitiva: que le dije que sí.

Quedamos un viernes por la tarde, una vez acabada su jornada laboral. Me recibió muy caballeroso. Se le veía un hombre educado y, a la vez, acostumbrado a mandar. Me ofreció una copa de cava para romper el hielo. Me preguntó que cuándo había llegado de Venezuela, que si tenía pareja, que si vivía con otras chicas en mi piso... De él me contó que dirigía un despacho de abogados, que tenía un hijo, que estaba divorciado desde hacía dos años, que no tenía pareja...

Cuando acabamos la copa de cava me invitó a la ducha. La compartimos, claro. Sus caricias no estaban del todo mal pero su polla no parecía dar señales de vida. Le acaricié las pelotas y masajeé su pene, que cogió entre mis dedos un poco de consistencia, aunque no se puso duro, duro de verdad hasta que no me lo metí en la boca.

Chica con Strap On

El sexo oral siempre me ha apasionado. A veces, cuando tengo un pollón dentro de la boca, me olvido del reloj. Muchos clientes valoran eso mucho: que el tiempo de mi compañía que han contratado importa poco cuando me lo estoy pasando en grande. Y para mí, ya lo he dicho, pocas cosas más placenteras hay que realizar una buena mamada. Así, cuando aquel viernes tuve la polla de Andrés dentro de mi boca experimenté lo que muchas otras veces había experimentado. Parecía como si una especie de diablo se hubiese apoderado de mí y no dejara de susurrarme al oído: "vacíale los huevos, sácales toda la leche, dejáselos secos".

Pero no pudo ser. Andrés, con delicadeza, llevó su mano a mi mandíbula y me dijo: "déjalo, por favor, ya sabes para qué he querido que vinieras". En resumen: que tuve que dejar de lamer aquella rica piruleta de carne. Una pena.

Salimos de la ducha, nos secamos y, desnudos, fuimos hasta el dormitorio. Andrés abrió el armario y sacó de él un maletín. Dentro del maletín había un arnés, un par de dildos y un bote de lubricante anal. Me planteé la posibilidad de hacerle un buen beso negro antes de encularlo para relajarle el esfínter y dejarlo preparado para cuando le metiera uno de aquellos dildos, pero el beso negro, de momento, no figura entre mis servicios, y aunque Andrés parecía un hombre limpio, mis tabúes son mis tabúes, y de momento lo de lamer culos no es algo que me atraiga demasiado. Cada una tiene sus cosas y hay que respetarlas, ¿no?.

Andrés tampoco creo que lo esperara. El caso es que se puso a cuatro patas y me dijo: "soy tu perrita, fóllame, maestra". Yo nunca me había colocado un arnés, pero fue fácil hacerlo. Una vez puesto, encasqueté en él el dildo, abrí el bote de lubricante anal y empecé, suavemente, a lubricar la popa de Andrés. Al acariciar con mis dedos su ano, sentía cómo éste se estremecía y, al mismo tiempo, se relajaba. Mi dedo corazón se hundió en él y empezó a dibujar circulitos dentro suyo. Mi dedo notaba cómo aquel ojal ofrecía cada vez menos resistencia. Parecía estar pidiendo que le metieran ya algo más grueso. Andrés me lo hizo saber con una voz que tenía ya mucho de gemido y de súplica:

Métemela ya, maestra. Fóllame bien follado el culo.

Chica follando a hombre

Y eso fue lo que hice. Acerqué la punta del dildo a su ano y, con un suave empujón de mis caderas, fui metiendo el dildo dentro de su culo, que pareció aceptarlo encantado. Después, y por primera vez en la vida, me sentí un poco hombre. Fui aumentado lentamente el ritmo de mis movimientos de cadera mientras sentía cómo aquél arnés estaba diseñado para que, al mismo tiempo que la chica enculaba al chico, ésta fuera estimulada por los alrededores de su clítoris.

Lo de encularme a Andrés me estaba poniendo muy cachonda y mis empujones cada vez eran más fuertes. Por eso mi cliente gemía cada vez más. Pero aquella postura a cuatro patas estaba haciendo que me perdiera algo que me gusta mucho contemplar: la cara de placer de mis clientes cuando se acercan al orgasmo. Unos tuercen el labio, otros se lo muerden, algunos ponen los ojos en blanco... ¿qué debía hacer Andrés?.

Le saqué el dildo del culo y le ordené que se diera la vuelta y que se tumbara boca arriba. Obediente, lo hizo tal y como le pedía. Abrió y elevó las piernas y me ofreció su ano dilatado para que siguiera follándomelo. Lo hice. Y lo hice casi con rabia. De alguna manera, me había enviciado perforándole el culo. Ahora, además, podía contemplar su rostro y podía acceder fácilmente a su rabo. Se lo cogí y empecé a masturbarlo mientras entraba y salía de su culo. La reserva de semen que Andrés tenía en sus pelotas era ciertamente importante, pues la corrida fue de traca y ovación. Todo su pecho y su vientre quedaron estucados con chorretones de lefa.

Le propuse volver a la ducha para que se limpiara. De paso, yo también me quitaba el sudor. Hacer de hombre había perlado mi cuerpo de gotitas de sudor "Se te va a pasar el tiempo", me dijo. "No te preocupes. No tengo ninguna cita después", afirmé. Y era cierto. Aquel viernes ni tan siquiera había quedado con mis amigas. La ducha fue rápida y nada sexual. Andrés había quedado absolutamente satisfecho y, además, debía marchar pronto a una cena. Yo, ciertamente, estaba caliente como una perra, pero no podía violar a mi cliente. Él me había llamado para lo que me había llamado. Y punto. Debería conformarme con masturbarme cuando llegara a casa o rezar para que algún otro cliente me llamara y, así, poder desfogarme mientras, de paso, ganaba unos euros. Gajes del oficio.

Desde aquel día, el strap-on figura entre mis servicios y son varios los clientes (incluyendo a Andrés) que de tanto en tanto me llaman para que les folle el culo. De hecho, me he comprado un maletín y un arnés muy especial. Gracias a él yo soy también muy estimulada mientras penetro analmente a mi cliente y, en ocasiones, hasta llego a correrme. ¿Qué más puede pedirse?

Escort Strap On