La primera cita con una escort

Viernes, 11 de Septiembre de 2020

Voy a llamarle Señor X. Es uno de mis clientes más fieles. Hace ya más de dos años que nos conocemos. Cuando alguien me dice que los puteros son todos unos pervertidos y unos salidos que no tienen ni pizca de clase y que tratan a las escorts como a ganado yo siempre, para hacerles ver que se equivocan, les pongo como ejemplo al Señor X.

El Señor X ronda los cincuenta y tiene una empresa de componentes electrónicos. Nos vemos una vez a la semana, casi siempre los viernes. Lo conocí al poco de estrenarme como escort. Me gustó su forma de hablarme por teléfono cuando concertamos nuestra primera cita. Desde el otro lado de la línea, me pareció un hombre tímido. Después entendí que lo suyo no era exactamente timidez, sino falta de costumbre en eso de contratar los servicios de una señorita de compañía.

El Señor X nunca había contratado a una escort. Su única experiencia con trabajadoras sexuales se remontaba a un fin de semana durante su ya lejano servicio militar. A los compañeros de cuartel y a él les pareció que la mejor manera de rematar aquella borrachera de sábado por la tarde era acabar de lumis en un puticlub de Melilla. La experiencia no le pareció lo suficientemente gratificante ni placentera como para repetir. Pero ahora, tantos años después, necesitaba tener sexo. Necesitaba follar. Aunque fuera pagando.

Le remordía un poco la conciencia el hacerlo pues, como tantos puteros, el Señor X era (y es) un hombre casado. Pero su mujer ya no le daba lo que él necesitaba (sexualmente hablando), y él había perdido ya la paciencia. Estaba cansado de pajearse como un adolescente. Necesitaba un coño bien caliente en el que enchufarla.

La historia del Señor X es la historia típica. Los partos, la crianza de los niños y la rutina de la vida matrimonial habían hecho que el deseo y la complicidad sexual con su esposa se fueran al carajo. Y eso el Señor X lo llevaba regular tirando a mal. Él se sentía un hombre joven y, al mismo tiempo, veía que el tiempo empezaba a correr cada vez más deprisa. Cada vez quedaban menos polvos por pegar. Cada vez estaba más cerca el día en el que el sexo fuera solo un recuerdo. Por eso había decidido consultar aquella web de escorts en la que yo estaba anunciada.

"Paula: la lolita que te hará volver a los tiempos de la adolescencia". Eso era lo que ponía en mi anuncio. En él se mostraban cinco fotos mías en las que se podían apreciar todos mis encantos: mis bellas tetas de areola oscura y pezones duros, mis curvas de infarto y mi culete respingón y prometedor.

Que le había gustado mi sonrisa, me dijo por teléfono. Parecía sincera. Mi sonrisa, ¡ja!

¿Y mis tetas no?-, le pregunté, descarada.

Tetas de una escort

Yo siempre he estado muy orgullosa de mis tetas. Absolutamente naturales y de un tamaño perfecto, ni demasiado grandes (las ubres son muy llamativas pero se caen muy pronto) ni demasiado pequeñas, miden lo justo para que una mano de hombre desee acariciarlas y para que yo pueda usarlas para hacer una buena y sensual cubana.

Cuando escuchó lo de mis tetas, el Señor X se echó a reír. Su risa franca me gustó.

Sí, claro, tus pechos también me han gustado.

Pechos, dijo. No tetas, sino pechos. Eso me llamó la atención. Sobre todo porque son muchos los hombres que cuando contactan conmigo son bastante explícitos respecto a mis tetas y a lo mucho que les gustan. Más de uno me avanza telefónicamente que está deseando correrse en ellas. A la vista de eso, no puedo dejar de incluir la eyaculación corporal entre mis servicios. Después de todo, siempre me da un poco de morbo sentirme "regada" por un buen chorretón de leche.

Me cité con el Señor X para ese mismo viernes en mi apartamento. "A eso de las ocho y media", me dijo, "podría estar contigo. ¿Te va bien a esa hora?" Ese miramiento hacia lo que a mí me iba o no me iba bien también me llamó la atención. Y también suelo remarcárselo a todas aquellas personas que ven a los puteros como a una especie de ogros devora niñas.

Y a las ocho y media, como un clavo, estaba él al otro lado de la puerta. Visto por la mirilla, parecía poquita cosa. Esmirriadillo, con los hombros caídos y unas entradas que empezaban ya a parecer un abono de temporada. El Señor X, hay de que decirlo ya, no es un galán de cine. Pero tampoco le hace falta, ¡qué coño! Sabe acariciar, es educado y atento, se preocupa de mí cuando me tiene entre sus brazos, su polla está dentro de la media y, lo que es más importante, saber follar razonablemente bien. ¿Qué más le puede pedir una escort a su cliente?

Todo esto, claro, lo he ido descubriendo con el tiempo. Nuestra primera cita fue relativamente bien. El Señor X estaba... ¿cómo decirlo? ¿Un poco tenso? ¿Cohibido? Yo creo que tenía problemas de conciencia. En el fondo, y pese a todo su deseo, se sentía mal engañando a su mujer. Pero yo hice que poco a poco se olvidara de ella. Intuí que el Señor X era un hombre al que le iba lo pausado. Si me portaba con él como la pantera que puedo llegar a ser, seguramente le espantaría y no volvería a querer saber nada de mí.

Tener sexo con una escort

En mi profesión es fundamental fidelizar a los clientes. Que vuelvan a llamarte es una forma de premiar tu calidad como escort y, al mismo tiempo, una garantía económica. Es como tener una parte del sueldo asegurada. Por eso decidí hacérselo todo poco a poco y darle el máximo placer posible. Intuí que el Señor X podía llegar a ser de ese tipo de clientes que prefieren la seguridad que les da una escort conocida al morbo que puede provocar el no saber cómo será tu próxima amante de pago. No era, sin duda, de esos puteros a los que lo que más les excita es ir probando chicas distintas en cada cita.

Me lo llevé a la ducha y allí, bajo el chorro de agua, fui poniéndolo a tono. Él no tardó en perder la vergüenza. Sus manos descubrieron muy pronto que recorrer mi cuerpo podía ser todo un placer. Acariciaba bien, el Señor X. No era como esos magreadores apresurados y torpes que te dejan fría. La profesión es la profesión y una buena profesional debe cumplir siempre con su cliente, pero no voy a negar que siempre es más fácil contactar con unas personas que con otras y que es más placentero irse al catre con unos clientes que con otros. En el caso de esta cita que estoy recordando, no me iba a importar, no, encamarme con el Señor X. Si no cambiaban las cosas, claro, al salir de la ducha.

Y no cambiaron. Fue un placer compartir la cama con él y poner en práctica algunas de mis especialidades. Me empleé a fondo mamándosela y lo cabalgué lenta pero intensamente. Me hizo gracia la expresión de su rostro cuando se corrió. Había algo tierno en él, algo así como una sincera expresión de alivio. Debía estar a punto de estallar antes de venir a verme, el pobre. Cuando se fue, me dio las gracias por el trato (otra cosa que me sorprendió), me dijo que era un verdadero encanto (lo que me halagó) y prometió volver a llamarme para citarnos otro día. Crucé los dedos para que fuera así. Y así fue.

Como he dicho antes, el Señor X, sin ser un superdotado sexual, folla razonablemente bien y además parece que le encanta follar con putas como yo. Os contaré un secreto: en alguna ocasión, incluso, he llegado a correrme de verdad con él. Sin fingimientos.

Mañana es viernes y, de nuevo, el Señor X vendrá a verme. Como siempre, me traerá una cajita de bombones o algún pequeño detalle. Eso también me gusta. Después, si me corro o no dependerá de las circunstancias. Yo cro que sí que lo haré. Hace días que no me corro de gusto con un cliente y, después de todo, ya me siento un poquitín mojada pensando en las caricias del Señor X.

Follar con putas