Putas y striptease en una despedida de soltero

Viernes, 13 de Noviembre de 2020

La culpa fue de mis amigos. Ellos fueron los que organizaron mi despedida de soltero y ellos los que decidieron contratar a aquella escort para striptease. Yo había visto escenas semejantes en alguna que otra película de humor y, de hecho, había acudido a alguna despedida de soltero amenizada con un striptease. Pero nunca había sido protagonista principal del mismo. Sentir cómo aquella estilizada mulata de pitones astifinos y culo respingón que mis amigos habían contratado se desnudaba lentamente delante mío y acercaba sus tetas a un palmo de mi cara me trastornó por completo.

Yo nunca había sido infiel a mi novia y, ciertamente, yo iba derechito al matrimonio con la idea de ser todo un modelo de fidelidad matrimonial. Al fin y al cabo, aunque tampoco ha sido nunca demasiado expansiva en la cama, mi Carmen (que así se llama mi santa) me había dado siempre lo que yo, sexualmente hablando, necesitaba. O eso, al menos, había creído yo hasta ese momento.

Cierto que a Carmen siempre había que incitarla un poco, que la intención nunca salía de ella y que en ocasiones mostraba un aire un tanto perezoso y desganado mientras me cabalgaba (como si eso del sexo no fuera del todo con ella). Pero tampoco era menos cierto que nunca se había negado a mamármela en el coche antes de dejarla en casa de sus padres ni a visitar conmigo aquellos apartamentos por horas del barrio en los que todas las parejas del barrio que todavía no teníamos piso acabábamos follando alguna que otra vez. Una vez, incluso, en un alarde de deseo y de desvergüenza, nos echamos un caliqueño en uno de los vestidores de El Corte Inglés.

¿Por qué, entonces, le fui infiel aquella vez, justo cuando estaba a punto de convertirla en mi esposa? Podría echar mano a alguna que otra excusa pero lo cierto es que fue por pura lujuria. Mi Carmen no está mal del todo. Tiene una cara bastante agradable, unos ojos bonitos y, aunque su culo está un poco caído y sus caderas son un poco estrechas, tiene unas tetas bastante rellenitas que son una delicia. Correrse sobre ellas cuando me la mama es todo un gustazo. Pero mi Carmen no era Samantha, claro. Al lado de Samantha, mi Carmen no pasaba de ser una chica del montón.

Samantha, pues así se llamaba aquella mulatita con los dieciocho apenas cumplidos que los cabrones de mis amigos contrataron para mi despedida de soltero, era un auténtico bombón: Labios golosones, sonrisa deslumbrante, mirada incendiaria, tetas despampanantes, culo de infarto, piel bronceada y suave... Es lo que tienen las putas de lujo: que las comparas con la parienta y, claro, la parienta acaba perdiendo irremediablemente.

Striptease

Cuando Samantha acabó su número de striptease en mi despedida de soltero y se marchó, yo me quedé con ganas de más. Quería estar desnudo con ella bajo el agua de la ducha. Quería tenerla a cuatro patas y follármela por el culo. Quería sentirla cabalgar encima mío. Quería tener mi polla en su boca. A mi Carmen ya la tendría el resto de mi vida, recuerdo que pensé. Antes de eso, sin embargo, quería tener a Samantha. Quería follar con ella. Con un simple striptease no me bastaba.

Pensé que la calentura se me pasaría con las horas, pero no. Al día siguiente, mientras estaba tumbado en mi cama y luchaba a duras penas contra los efectos de la resaca, recuperé la imagen de aquella mulata que se había desnudado y había bailado para mí y noté cómo gran parte de mi sangre acudía atropellada a la misma zona de mi cuerpo. Pese a la resaca, tuve una poderosa erección. Mi polla me pedía una cita con Samantha. Y yo me dije: tus caprichos son órdenes, pequeña.

Yo nunca había ido de putas. Sí lo habían hecho algunos de mis amigos. La mayoría se había desvirgado en un puticlub del barrio en el que por cinco mil pesetas de la época podías follarte a una lumi. Yo, una vez, subí con ellos, decidido a perder la virginidad; pero al ver a las putas que trabajaban allí me fui sin follar. Las cinco sudamericanas entraditas en carnes que nos presentó la madame no me atrajeron lo más mínimo. Ni siquiera dejé que me hicieran una mamada. Me parecía todo como muy frío. Imagino que era mucho más romántico de lo que lo soy ahora. Puta adolescencia. Puta primera juventud. Por suerte, poco tiempo después conocí a mi Carmen. Fue ella quien me desvirgó sobre el sofá de sus padres. Fue ella quien me introdujo en los placeres del sexo. Fue con ella con la que me ennovié y fue a ella a la que le pedí matrimonio.

E iba a ser a ella a la que iba a engañar con una puta.

Telefoneé a mi amigo Enrique. Él, empedernido putero, había sido quien había contratado a Samantha. Fue él quien me dijo en la despedida que la mulata que me estaba quitando el sueño no solo era una chica mona que hacía stripteases para sacarse un dinero extra: era una puta de lujo, una escort, alguien a quien podía contratar para follar. Él fue, finalmente, quien me dio el teléfono de contacto de Samantha.

Fue tan dulce atendiendo al teléfono como lo había sido al hacer el striptease y al despedirse de mí. Un auténtico encanto. Al hablar, parecía como si con la voz ya te estuviera acariciando las pelotas. Que podía recibirme en su apartamento privado, me dijo.

Ya lo verás, amor; estaremos la mar de cómodos. Tengo un espejito en el techo que da mucho juego y una ducha llena de chorritos en la que podemos ducharnos tú y yo, bien juntitos, antes de irnos a la cama. Ayer me quedé con ganitas de tí. El bultito que tenías bajo el pantalón era muy prometedor, cariño. Parecía muy revoltoso. Qué ricura debe ser tener esa cosita revoltosa en la boca. Pienso en ello y ya me estoy relamiendo.

Ser infiel con escorts

No hace falta decir que, a esas alturas, la polla estaba a punto de estallarme. Cuando colgué, me pajeé hasta vaciar bien vaciados mis cojones. Había quedado con Samantha al día siguiente. Tenía tiempo de sobras de volver a recargar mis pelotas. Era joven y, además, con solo pensar en el coñito húmedo de mi mulata, en sus pezones oscuros y en su culo respingón sentía cómo algo dentro de mis huevos empezaba a borbotear. Estaban trabajando de lo lindo para fabricar el semen que deseaba verter sobre los carnosos labios de Samantha.

Al día siguiente, tras hablar por teléfono con mi Carmen (estaba muy atareada y pendiente de los últimos retoques del vestido de novia), me duché, me perfumé, me arreglé, compré una caja de bombones y me fui al apartamento privado de Samantha.

Ella me recibió con un espectacular conjunto de blusa y minifalda y una sonrisa tan esplendorosa como provocativa. Si existiera una puntuación para los besos de recepción, el suyo sacaría nota cum laude. Al juguetear con la mía, su lengua activó un mecanismo dentro de mí que se tradujo físicamente en algo que su mano no tardó en calibrar: mi polla estaba dura como una piedra. Samantha, arrodillándose ante mí, me la sacó y se la llevó a la boca y la chupeteó golosamente.

Es tal y como la había imaginado. Rica a más no poder. Vamos a la ducha, amor -me dijo.

Me fue quitando la ropa poco a poco y, cogiéndome de la mano, me llevó hasta el cuarto de baño. Allí, y tras poner en marcha la ducha, se quitó su ropa en un visto y no visto y quedó desnuda ante mí. Me sorprendió (y me gustó) ver su pubis recortado y no completamente afeitado. Aquella alfombrita negra realzaba de alguna manera la belleza de su cuerpo.

Nos metimos bajo el agua y, mientras sentíamos cómo las gotas recorrían nuestro cuerpo, nos dedicamos a abrazarnos y a acariciarnos. Ella masajeaba lentamente mi polla mientras mis manos tan pronto acudían a la llamada erizada de sus pezones como al vértigo de sus nalgas. Quería separarlas y hundir mi lengua entre ellas y así lo hice. Ella gimió un poco cuando caracoleé con mi lengua en su agujerito.

Ya veo cómo terminará esto, corazón -me dijo-. ¿Te gusta mi culito, verdad? Pues no te preocupes. A mí me encantan que me lo follen. Cuando me la meten por ahí me siento muuuuuuy llena. Vamos ahora a la camita. Tengo ganas de jugar contigo.

El juego fue un juego enloquecedor. No sé cuántas veces estuve a punto de correrme. Si no lo hice fue porque Samantha siempre sabía parar a tiempo. Mejor dicho: sabía pararme a tiempo. Pude haberme corrido en su boca cuando me hizo una soberbia mamada a pelo. O pude correrme cuando me cabalgó como una amazona parsimoniosa y tranquila. En esas dos ocasiones, cuando yo ya estaba al borde del abismo, me cogió la polla por el glande y presionó bajo él para impedir que me corriera.

Tengo ya ganas de que sigamos con lo que habíamos empezado en la ducha, amor -me dijo. Y se colocó a cuatro patas, mostrándome y ofreciéndome su maravillosa popa.

Posturas de sexo

Me coloqué tras ella, separé sus nalgas y lamí bien lamido su ano. Sentía cómo se estremecía, cómo se iba relajando poco a poco, cómo se dilataba. Sin darme cuenta, ella abrió un cajón de su mesita de noche y sacó de él un bote de lubricante. Me lo dio. Al borde del infarto, lo abrí y coloqué un poco de lubricante en su culete y otro poco en mi rabo. Dejé el bote sobre la mesita de noche y, abriendo de nuevo sus nalgas, coloqué la punta de mi polla en su estrecho agujero y, lentamente, se la fui metiendo. Me excitaron los gemidos (fingidos o no) de Samantha. Me excitó el movimiento de su culete. Me excitó sentir sus nalgas en mis manos, que las agarraban con fuerza mientras yo entraba y salía de su culo. Cuando sentí aquel temblor bien conocido en mis huevos, saqué mi polla del culo de Samantha y le pedí que se girase. Lo hizo y, ofreciéndome su rostro, dejó que me corriera sobre él.

En pocas ocasiones me he sentido más satisfecho sexualmente en mi vida. Ahora, más de diez años después de casarme y con una nutrida experiencia como putero a mis espaldas, puedo afirmar sin miedo a equivocarme que aquél fue uno de los mejores polvos de mi vida. Después de aquél han venido muchos otros. Algunos con mi Carmen, otros con las sucesivas lumis cuyos servicios he ido contratando.

El irse de putas se han convertido en una rutina para mí. Seguramente la culpa fue de mis amigos, que contrataron a Samantha para mi despedida de soltero. En cualquier caso, lo cierto es que el mirar algún que otro directorio de escorts y contratar a alguna de ellas para tener una cita y follar como locos se ha convertido en algo inseparable de mi vida, en especial desde que nacieron los niños y el sexo matrimonial quedó reducido a la mínima expresión. Con mi Carmen sigo teniendo de tanto en tanto ese sexo desangelado y como por obligación que, imagino, tienen muchos matrimonios. Mis putas, mientras tanto, me reservan polvos apasionados y llenos de lujuria. Sin tabúes. Sin restricciones. Además, con los años, para qué nos vamos a engañar, mi Carmen se va ajando. Hasta a sus tetas, que siempre fueron tan bonitas, se les ha pasado el tiempo de ser adimiradas. Y mis putas continúan siempre esplendorosas y jóvenes. Y variadas, claro.

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