Quiero ser escort - Parte I

Viernes, 28 de Agosto de 2020

Hoy empezamos en nuestro blog una serie de relatos de ficción sobre la vida de las escorts. Relatos inspirado en nuestra larga experiencia en promoción de servicios de prostitución de lujo a través de internet con nuestras diferentes webs. Esperamos que sean de vuestro agrado.

Descubriendo el mundo de las escorts

Nunca olvidaré la primera vez. Me lo recomendó Lola, una compañera de la facultad. Hacía cuatro meses que yo había llegado a Barcelona dispuesta a graduarme en Turismo y, la verdad, estaba pasando ciertas dificultades económicas. La matrícula no había sido barata y el día a día en la ciudad imponía unos gastos que excedían a lo que yo ganaba con mi trabajo a media jornada en una panadería del barrio y a lo que había traído ahorrado desde Argentina.

Se lo comenté a mi amiga Lola. Ella había llegado de Uruguay apenas un mes antes que yo y no parecía estar pasando los mismos problemas económicos que yo. Y eso que, según me había contado, apenas había traído nada ahorrado de su país. Tampoco tenía constancia de que ella trabajara en ningún lugar.

Una noche, mientras tomábamos una copa (a la que ella me había invitado), se lo pregunté sin rodeos:

¿Cómo te lo haces para pagarte toda esa ropa, esos anillos y esos pendientes que siempre llevas (Lola siempre iba vestida a la última)? ¿Eres hija de un terrateniente?

Su risa resonó en todo el bar. Al pedacito de lesbiana que siempre ha habido dentro de mí aquella risa le sonó como muy provocativa, algo así como una invitación a la lujuria.

¿A ti te gusta follar? -me dijo.

Quiero ser una escort

Me pregunté si lo que Lola quería al preguntarme aquello era llevarme a su casa para acabar las dos haciendo la tijera en su cama. Me sentí mojada. Desde bien jovencita he sido una mujer muy ardiente. Mi primito Jorge, que tiene dos años más que yo, lo descubrió muy pronto. Por eso cuando yo tenía dieciseis años y él dieciocho el bueno de Jorgito no se lo pensaba ni un momento para ponerme a cuatro patas y follarme por donde le apetecía en aquel momento.

Una de las cosas que más lamenté al venirme a Barcelona fue tener que separarme de su increíble polla. Algunos días, recordándolo, me tenía que consolar metiéndome los dedos compulsivamente hasta correrme. Otros, echaba mano del vibrador de color morado que me había comprado por internet con mi primer sueldo de la panadería. Cuando sentía dentro de mi coño aquel maravilloso vibrador volvía a sentir toda la pasión con la que Jorgito me follaba en nuestra barriada de Rosario.

Claro que me gusta follar. Es más: me gusta mucho.

El rostro de Lola se iluminó:

¿Y te has planteado alguna vez el hacerlo cobrando?
Mis ojos casi se me salen de las órbitas.
¿Cómo?
Pues eso -dijo Lola-. ¿Que si te has planteado cobrar por follar? Estás buena. Muy buena. Tienes una carita de niña que da mucho morbo y un cuerpo capaz de endurecer la polla más fría. Solo hay que mirar cómo te miran los profesores. Tus tetas los vuelven locos y a más de uno le gustaría que los pajearas con ellas. Y como a los profesores, a un montón de hombres. A mí, que no estoy ni la mitad de buena que tú (Lola exageraba, claro, pues yo le he visto siempre un puntito muy morboso a mi amiga uruguaya), me pagan un buen dinerito por follar conmigo. Y de eso vivo. Y te puedo asegurar que vivo muy bien.

Que Lola era un putón desorejado ya lo sabía, pero nunca hubiera imaginado que fuera una puta de verdad, una puta con todas las letras. ¡Madre mía, me dije, Lola se ganaba la vida alquilando su cuerpo!

¿Te escandalizas?

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No sabía qué contestarle, la verdad. Yo siempre había asociado la imagen de las prostitutas a la de mujeres ajadas y vestidas de forma casi hortera que esperaban en las esquinas de los barrios marginales a que cualquier hombre desastrado y no demasiado limpio las reclamara para algún trabajito sexual. Se lo dije a Lola. Lola volvió a reír.

Dentro de la prostitución -me dijo- hay muchas categorías. Todas respetables, por supuesto. Pero yo juego en otra división, cariño. Y tú jugarías también en esa división si no te empeñaras en guardar tu concha como si fuera un tesoro. Yo soy una escort. Yo doy sexo a mis clientes, claro, pero también compañía. Hay caballeros que me pagan (y me pagan muy bien) para que vaya a cenar con ellos. Después, claro, acabamos follando. Pero todo es... ¿cómo decirte? Mucho más elegante.

Aquella noche seguimos hablando durante mucho rato. Ella me contó alguna experiencia suya. Cómo había jovencitos que se le corrían entre las manos a la primera caricia. Cómo había otros que llegaban con alguna copa de más y se hacían un poco pesados. Cómo tenía un cliente ya bastante maduro que siempre le llevaba bombones a la cita y que la trataba como a una vieja amiga y con una elegancia de otro tiempo. Y es que, me dijo, no hay dos puteros exactamente iguales. Con el tiempo los vas conociendo. Y con muchos de ellos, incluso, acabas pasándolo muy bien. Yo tengo uno que no es que sea guapo, pero folla como los ángeles, el cabrón. Siempre hace que me corra. Creo que de hecho paga para eso: para ver cómo me corro.

La conversación quedó ahí. Yo no le dije ni que sí ni que no. "Ya me lo pensaré", le comenté. "No te lo pienses mucho", me dijo. "Nunca te pagarán tanto como pueden pagarte ahora con esos diecienueve años que tienes y ese cuerpazo que parece que esté diciendo a todas hora 'fóllame, fóllame, fóllame'".

Tres días después tomé la decisión. Lo hice delante de un escaparate de una tienda de moda de mi barrio. El vestido expuesto era, sencillamente, maravilloso. Mi cuerpo lo pedía. Quería pasear por la ciudad vestida con aquel vestido y quería que los hombres babearan de deseo al verme con él. Pero su precio era prohibitivo. O lo era, al menos, para una dependienta de panadería a media jornada.

Telefoneé a Lola. "Lola, amor", le dije, "quiero ser escort". Desde el otro lado del teléfono sonó de nuevo la risa cachonda y provocativa de Lola. La idea de darnos un revolcón lésbico volvió a cruzarse por mi cabeza. Mi coño, de nuevo, volvió a humedecerse.

Continuará ...

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